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¿Qué mundo queremos dejar detrás de nosotros?

Vivimos probablemente uno de los momentos más extraordinarios de la historia de la humanidad.

// Nunca habíamos tenido tanto conocimiento, tanta capacidad tecnológica ni tantas herramientas para transformar nuestra realidad. //

La inteligencia artificial empieza a cambiar nuestra forma de trabajar, aprender y relacionarnos. La ciencia nos permite llegar donde hace apenas unas décadas parecía imposible.

Podemos vivir más, comunicarnos instantáneamente y acceder desde un teléfono a una parte enorme del conocimiento acumulado durante siglos. Y, sin embargo, seguimos conviviendo con guerras, pobreza, soledad, enfrentamiento, desigualdad, intolerancia y una creciente dificultad para escucharnos unos a otros.

¿Qué mundo queremos dejar cuando no estemos?

Quizá porque el progreso tecnológico no garantiza el progreso humano.

Podemos construir máquinas cada vez más inteligentes sin convertirnos nosotros en seres humanos más sabios.

Podemos ser mucho más ricos y no necesariamente más felices.

Podemos estar permanentemente conectados y sentirnos más solos.

Podemos disponer de una cantidad ilimitada de información y comprender cada vez menos a quien piensa diferente.

¿Qué queremos hacer con todo este poder?

Esta es, quizá, una pregunta mucho más importante que intentar adivinar cómo será el mundo dentro de veinte o treinta años. 

El futuro no está escrito. Ni tampoco debemos contemplarlo como espectadores, esperando simplemente a descubrir qué nos traerán la inteligencia artificial, la tecnología, la economía o los acontecimientos.

// El futuro será, en buena medida, consecuencia de millones de pequeñas y grandes decisiones humanas. //

Las decisiones de quienes gobiernan, por supuesto. Pero también las de quienes crean empresas, investigan, enseñan, educan, contratan, invierten, forman una familia o simplemente deciden cada mañana cómo tratar a las personas que tienen alrededor.

Y algún día nuestros hijos nos preguntarán qué hicimos nosotros mientras todo esto estaba cambiando.

No nos preguntarán solamente cuánto crecieron nuestras economías, qué empresas construimos o hasta dónde llegó la inteligencia artificial. Quizá la pregunta sea mucho más sencilla.

¿Construisteis un mundo mejor?

No sabemos cuál será la respuesta. Pero sí qué mundo nos gustaría ayudar a construir.

Uno en el que el progreso científico y tecnológico esté al servicio de las personas. En el que crear riqueza sea compatible con crear oportunidades. En el que discrepemos sin convertir a quien piensa diferente en enemigo. En el que la educación transmita conocimientos, pero también criterio, responsabilidad y humanidad.

Un mundo más libre. Más próspero. Más justo. Más tolerante. Más culto. Y, sobre todo, más humano.

Porque quizá el gran desafío de nuestra generación no consista en descubrir hasta dónde podemos llegar.

Quizá consista en decidir hacia dónde queremos ir.